No todas las personas envejecen igual. Dos personas con la misma edad pueden presentar niveles muy distintos de salud, autonomía y bienestar. Mientras unas mantienen una vida activa y plena, otras ven limitada su calidad de vida mucho antes. Esta diferencia entre edad cronológica y edad biológica es una de las claves para entender cómo y por qué envejecemos.
Durante años, la ciencia ha tratado de responder a una pregunta compleja: ¿cuánto de nuestro envejecimiento viene marcado por la genética y cuánto depende de las circunstancias en las que vivimos? Tradicionalmente, se pensaba que la herencia explicaba solo una parte relativamente pequeña de la longevidad. Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que la genética podría tener un peso mayor del que se creía, siempre que se analicen correctamente los datos y se excluyan causas externas como accidentes o determinadas enfermedades.
Este hallazgo ayuda a comprender mejor los mecanismos del envejecimiento, pero conviene interpretarlo con cautela. Que la genética influya no significa que nuestro futuro esté decidido desde el nacimiento ni que el envejecimiento sea un proceso inevitable e incontrolable.
De hecho, los propios investigadores subrayan que al menos la mitad de nuestra longevidad depende de factores que sí pueden cuidarse y organizarse a lo largo de la vida. Los hábitos diarios, el entorno en el que vivimos, la calidad de los cuidados recibidos y, muy especialmente, las relaciones sociales y el sentimiento de seguridad juegan un papel decisivo en cómo envejecemos.

La ciencia es clara en este punto: los genes establecen una base, pero es el entorno el que permite alcanzar —o no— el mejor envejecimiento posible. Incluso una predisposición genética favorable puede verse limitada si no se dan las condiciones adecuadas. Del mismo modo, entornos cuidados y estables pueden ayudar a mantener la autonomía y el bienestar durante más tiempo.
Este enfoque se observa con claridad en comunidades especialmente longevas, donde no solo influyen factores biológicos, sino también la vida activa, el apoyo mutuo, la integración social y la existencia de entornos seguros. En estos contextos, el envejecimiento no se vive como una pérdida repentina, sino como una etapa más del recorrido vital.
Desde la ARPF entendemos el envejecimiento precisamente de esta manera: como un proceso integral en el que la salud física, el bienestar emocional y el entorno social van de la mano. Por eso, nuestras residencias no son solo un recurso asistencial, sino espacios pensados para ofrecer seguridad, compañía y continuidad vital, respetando la trayectoria y la autonomía de cada persona.
No podemos cambiar nuestra genética, pero sí podemos crear y elegir las mejores condiciones para envejecer con calidad de vida. Y esa decisión —cómo queremos vivir esta etapa y en qué entorno hacerlo—, como confirma la ciencia, importa más de lo que a veces creemos.
Este artículo ha sido elaborado a partir de información publicada por 65YMÁS – Transición Activa Fundación Ibercaja, y adaptado al contexto de la ARPF.
